La mesa de los 2 millones de habitantes

Multitud por Gregory Bastien, https://www.flickr.com/photos/gregory_bastien/2565954916/in/photolist-4UKc11-9Uika2-5uUKV-tWppM-7ZE3rW-4z9uxd-bsXfeT-auTET-4DdTnu-aw46J6-9FX2M-egfdQz-bFcsMy-nuBk8y-dBssQn-aw6P3N-9nYZZH-5Yv2gd-awHUzn-gLNM6v-5EiGGj-aw4am6-dwpaMh-gqgSki-aw6Guj-gHFVip-6Eszb7-a2QSep-aw6EM7-c7RVtY-5YGcJa-o8rUf-aw4aBk-dEueXn-7DKcRW-CNVVz-cvL4yU-5BhRrF-bsXfq6-eaw5NT-4z9vp1-8pEw4-bXf62y-anGwtV-4TJ8jm-4z5d1M-4Dk2Rq-713ij-dJSuqj-4z9swS

Cuando tu hábitat cambia de una escala bastante reducida a una de más de 2 millones de habitantes de repente sientes como si hubieras conseguido que te sentaran en la mesa de los mayores. Miras el menú y hay tantas opciones que los ojos se te salen de su órbita.  Es casi la misma emoción que tenía que sentir Magallanes cuando zarpaba hacia a una expedición a lo desconocido. Te sientes un explorador, con un plano gigantesco de la ciudad y del metro como brújula. Sin embargo,en esas dos semanas en las que aprendes a qué altura del andén colocarte en el metro para estar lo más próximo posible a tu salida, el exotismo da paso a movimientos automáticos. Por el camino, te encanta estar rodeado de extraños. Todo tipo de orígenes en un solo vagón, ¡Y todos son anónimos! No reconoces ninguna cara, ni hay ninguna conexión remota con la persona que tienes en frente si empezaras a charlar con ella. Te sumerges en los rostros sin nombre y apellido. Comienza el entretenimiento de los trayectos largos en transporte público, darle rienda suelta a tu creatividad imaginando sus vidas.

Es una técnica que va desarrollándose conforme tu control de la lengua avanza. Al comenzar sólo consistía en ser un buen observador. Cada detalle contaba para darle forma a su biografía. Ese libro que agarraba como si alguien fuera a arrancárselo en cualquier momento era una forma de escapar del maletín rasgado con un montón de documentos aburridos que sujetaba en su otra mano. Y ahí está, sólo con esos dos elementos ya tenemos la historia de Pierre. Él hubiera preferido seguir de la mano de Zola y Beauvoir y acabar en un aula de La Soborne. Sin embargo, la vida le llevó a trabajar en una compañía de seguros y ahora mata parte de esa frustración con los libros de bolsillo que compra por veinte céntimos en Boulinier y que devora en cada trayecto de transporte público cuando va a ver a alguno de sus clientes.

Cuando el nivel de comprensión de la lengua te permite entender los mensajes por megafonía del metro cada vez que el vagón se queda atascado en un oscuro túnel durante nueve segundos imitando el inicio de una horrible película de terror, las vidas que imaginas en el metro adquieren otro nivel. Aunque te das cuenta de que lo que tu imaginación inventaba está por encima de las conversaciones enfadadas entrecortadas del metro.

Sigues rodeándote de extraños y vidas anónimas y un día ocurre. Te encuentras a un amigo en tu recorrido de siempre. La conversación no es nada especial pero ese encuentro te parece algo extraordinario. Cuando te encuentras con una amiga rebuscando entre las mejores ofertas de rebajas esa casualidad adquiere otro nivel, es algo fuera de lo normal. Y lo es, porque rara vez te encuentras con alguien. Pero aquí da la impresión que las coincidencias se pueden elevar a nivel de ‘destino’. Por eso te encanta escapar de la mesa de los grandes de vez en cuando. Conocer el menú sienta muy bien. Por un tiempo determinado, no te molesta dejar atrás los rostros cambiantes anónimos por los de ‘toda la vida’.

Vacío

Metro Republique. Todo ese vacío antes eran personas.

Había visto cómo este fenómeno llenaba telediarios. Pero nunca me lo había creído. Puede que un apocalipsis zoombie, una crisis nuclear o una gran epidemia puedan vaciar una ciudad pero me negaba a atribuirle tal poder a una simple estación. Hasta hace dos semanas en las que me he rendido al poderío de esa gran estación, el verano. Me quito el sombrero.

Gracias verano de gran ciudad por dejarme respirar en el metro y hacer que mis habilidades ninjas para encontrar sitio se cojan vacaciones. Me has descubierto que una gran ciudad y bullicio pueden no ser sinónimos, aunque sea por dos semanas. Y que hacer cola no tiene por qué ser el deporte de moda parisino siempre. La banda sonora de todas las mañanas no tienen por qué ser gritos de amenazas de muerte por aparcar mal o no poner el intermitente. Las carreteras pueden ganar en velocidad para la tranquilidad de sus ciudadanos. 

Pero como con los amores de verano me digo: ‘ojalá esto no acabe nunca’, y justo en ese momento aparece frente a mi. Ese cartel gigante que miraba todas las mañanas en el metro: ‘Promovacances: Rhodas desde 599€’ se ha convertido en un anuncio de artículos deportivos para niños. En el supermercado las sombrillas de colores chillones han sido sustituidas por mochilas, estuches e infinitos tipos de carpetas de todos los colores del arco iris. Ya empiezo a tener más contacto humano del que me gustaría con mis compañeros de vagón en el metro. Como cuando ves los nubarrones color azabache antes de una gran tormenta, sientes que el final está cerca.

Ahí está, una bocina te despierta de ese sueño de dos semanas y las caras largas y el bullicio te acaban de levantar. Gracias verano por haber vaciado París y dejarme sola con lo mejor de ella.

Automatismos

Arriba: una escena del metro parisino a finales de los años 50. Abajo: Una escena del metro de Tokyo.

Arriba: una escena del metro parisino a finales de los años 50.
Abajo: Una escena del metro de Tokyo.

Despertar, desayunar, correr a la boca del metro y empezar a abrir los ojos en el subterráneo. La mayoría de las veces este viaje comienza a esa hora tan concreta en la que el agua de las alcantarillas campa a sus anchas por los bordes de las aceras, grupos de basureros vestidos en trajes fosforescentes comentan la jornada laboral, alguna persiana de algún bar hace amago de abrise y un olor a croissant embriaga las calles.

Entro en el vagón, depende de la hora que sea, con movimientos ninjas para conseguir sitio. A pesar del madrugón, consigo mantener los ojos bien abiertos. Pero nadie me mira. Todos juguetean con sus teléfonos móviles. Unos pasan el rato con Candy Crash, otros ven vídeos de series, videoclips a volúmenes no aptos para el oído humano o charlan por teléfono tan alto que debería estar prohibido a esas horas de la mañana, quiero pensar que con algún país que vaya por delante de la franja horaria francesa. También los libros hacen furor. El que más he visto entre los lectores mañaneros ha sido el más leído de toda la historia en todo tipo de formatos e idiomas y, por supuesto, el corán.  No sé muy bien cómo lo hacen pero hay también quien decide desafiar su mente a esas horas con sudokus, crucigramas y sopas de letras. No hay que mirar qué tienen entre las manos, cómo frucen el ceño y aguardan unos segundos antes de escibir con ritmo victorioso sobre sus libros lo revela: ‘¡Chúpate esa, te encontré!´. A pesar de que no hay muchos que espién las lecturas de sus vecinos de viaje, a veces ocurre. Hay quien cree que como el idioma en el que lees es próximo al suyo estarás encantadísima de leer las últimas noticias sobre los testigos de jehová en portugués. Pero esta es la excepción.

La mayoría viajamos sin mirar a nuestro vecino ni prestar atención a lo que ocurre a nuestro alrededor. Apuesto a que muchos no pestañearían al presencias esta escena:

Hay gente que hace el viaje en el subterráneo un viaje intergaláctico https://www.youtube.com/watch?v=J5gCeWEGiQI

Hay gente que hace el viaje en el subterráneo un viaje intergaláctico https://www.youtube.com/watch?v=J5gCeWEGiQI

La verdad es que el panorama que se observa en el metro matinal se parece mucho a esto, al tumblr que un investigador finlandés creó al darse cuenta de la extensión de este comportamiento y de que él también era culpable de mirar a su teléfono más que a los que tenía delante. Así que ‘Nunca miramos hacia arriba’ fue su manera de concretar las estadísticas que circulan sobre el uso de los smartphones.

Pero creo que este ensimismamiento con los pequeños aparatos que sufrimos es otro de los síntomas del automatismo, algo que creo que he desarrollado de manera desproporcionada desde mi llegada a la capital gala. ‘Pero, ¿por qué le contestas?’, me encontré hace poco respondiendo así a una amiga en un pequeño pueblo belga cuando un señor, con no demasiada buena pinta, nos preguntó de dónde veníamos. La verdad es que no hubiera dejado mi vida en las manos de ese señor pero responderle a esa pregunta tampoco me hubiera matado.

Desde que aterricé en esta ciudad he comprobado que al llegar al metro o pasar entre grandes multitudes mi cerebro enciende el automático de ‘no mires ni respondas a ningún comentario’ e ‘ignora toda la pobreza y cosas desagradables que veas a tu alrededor’. Y da miedo. Aunque sí es verdad que procuro controlarlo: cediendo el asiento y recibiendo a cambio miradas parecidas a la del ganador del tour en el podium, ayudando a señoras mayores con sus carritos que además de agradecerte la ayuda, incluso te pirpopean con un ‘¡Qué mona es usted!’. Pero muchas veces pienso en todo lo que me estoy perdiendo por no inclinar un poco la barbilla hacia arriba y ver todo lo que hay a nuestro alrededor y me digo, ¡Deshagámonos del automatismo!

¡Haga que su cama escale!

¡Así sí que ahorraríamos espacio!

¡Así sí que ahorraríamos espacio!

La vista del turista no suele fijarse en algunos de los mas reveladores anuncios en el metro sobre el alojamiento en París. Lo entiendo, están demasiado ocupados dejándose embriagar por la belleza parisina. Pero están ahí y anuncian maneras de hacer que ‘la cama escale’. (Como si hacer la cama no fuera ya un deporte rutinario y engorroso, encima nos proponen elevarla a las alturas….) O publicdad con imágenes de todo tipo de muebles con aspecto de caja en la que todo cabe: cocina, cama, salón, baño, la habitación de de los niños, la habitación de invitados, el comedor, el despacho…

Desde que llegué a esta ciudad he aprendido más que nunca el valor de 1 m2. Los números y yo nunca hemos sido muy amigos pero ahora soy perfecamente capaz de calcular el tamaño de un apartamento cuando me hablan en m2.

9  son los que necesitas para vivir por ley. Los apartamentos ya construidos en Francia tienen que tener 9m2, y una altura de, por lo menos, 2,20m y no es obligatorio que estén equipados de una ducha; en el caso de los apartamento de nueva construcción el tamaño se amplía a 14m2 . Si no, el apartamento no se considera decente y, por tanto, es ilegal. Sin embargo, Internet es como siempre una mina de la ilegalidad y te muestra joyas como esta:

 

Cuando me aventuré a la terrible, ansiosa y desesperante búsqueda del alojamiento parisino anunciaban este apartamento ‘para estancias cortas’ en la zona de Republique por 300€ al mes. Creo que la foto muestra todas las ventajas del lugar, el ser ‘multitarea’ no volverá a ser jamás un problema en este hogar…

Pero esta muestra de la absurdez del alojamiento parisino no es la única. En 2013 saltó a los medios de comunicación la historia de Dominique, un hombre de 45 años que vivió durante 3 años en un apartamento de dos metros cuadrados y que pagaba 330 euros por este espacio más pequeño que una plaza de aparcamiento. Fue la Fundación Abé Pierre , que lucha contra el alojamiento en malas condiciones, la que le ayudó a denunciar su caso. El inquilino contaba a la radio RTL  que al final se acostumbró a su apartamento y que para él era ‘eso o la calle’. Ahora la propietaria que le alquilaba este espacio se enfrenta a la justicia.

Sin embargo, como explicaba uno de los miembros de la Fundación Abé Pierre este triste récord sobre el alojamiento en París es solo una muestra de que todo es posible en esta ciudad. Todo puede alquilarse a precios extremadamente caros y, desafortunadamente, siempre habrá personas que se aprovechen de esto. Todo es posible en París, incluso hacer que tu cama escale.

En miniatura

Una fría tarde de otoño en París, el metro está a rebosar. Son las seis de la tarde y la línea dos transporta de un lado a otro de la ciudad a los que acaban su jornada laboral. Normalmente mi estado zombi y la dificultad de entender al 100% el idioma bloquean mi innata y a veces molesta capacidad de escuchar conversaciones ajenas. Pero lo que parece una conversación cualquiera entre un niño de unos seis años y su madre me hace despertar de mi ensimismamiento.

¡Tengo frío!

– A ver…¿Tienes un gorro en alguna parte, no?

-Sí, pero es rojo. Mírame, mi jersey y mi abrigo azules no pegan con eso…

El niño frunce el ceño y cruza los brazos. La madre no responde, mira al horizonte y agarra a su hijo de la mochila para salir del metro.

Mientras ella no parece ver nada anormal en la respuesta de su hija pienso ‘¡ Parisino tenía que ser!’. Dos segundos después me pregunto qué clase de niño puede dar una respuesta así. Lo único que se me ocurre es que quizá en París algunos niños sean diferentes, sus padres o su educación o, quién sabe, la ciudad les hacen ‘adultos en miniatura’. En vez de preocuparse por qué habrá entre rebanada y rebanada del bocata al salir del colegio se preguntan cuál será el accesorio de moda para el recreo. 

Diez años después

La fiesta del patriotismo de este país en el 2011 no fue el día en que ganaron la independencia de los colonos. El 11 de septiembre, ese es el día de las barras y las estrellas. Cabellos de señoras con tocados agarrados con un toque patriótico, niños sujetando carteles con la frase del día: “We will never forget”; “Amplify love. Dissipate hate” decía uno de los lazos anudados en las vallas de una iglesia próxima a la zona cero.

Pero algunos tenían otros lemas que compartir. En la acera de en frente de donde hoy anudaban lazos con mensajes de homenaje a las víctimas alrededor de las tres de la tarde se escuchaba un alboroto. Todos gritaban al unísono que necesitan saber la verdad ahora. Los carteles con los que se manifiestan apuntan a un culpable: George W Bush. Proclaman que la administración Bush diseñó el atentado para tener una buena razón para empezar “la guerra contra el terror”. Creen que el 11 de septiembre se planeó desde dentro. Pero para otros, diez años después no se trata de la administración Bush. Cerca del ayuntamiento neoyorkino, un grupo de gente se manifiestaba portando un mensaje en contra del racismo. “Racism and bigotry promote war”, la intolerancia y el racismo proporciona la guerra, dicen. Ancianos, jóvenes y gentes de diferentes razas como las que llenan la ciudad caminaban juntos . “Solidarity with musilms under attack”, se lee en la mayoría de sus carteles. Después de que el terrorismo islámico hiciera arder a un símbolo del mundo occidental, ven necesario gritar esto. Muchas cosas han cambiado desde que dos aviones impactaran en los edificios más altos de esta metrópoli. Tom, forma parte del cuerpo de bomberos de Nueva York y lo sabe.

Desde que el atentado ocurriera,  para él el mundo ha cambiado para bien y para mal. Sólo habla de los cambios positivos. Para Tom, ahora su país ha aprendido a ser más seguro, “sabemos mejor cómo protegernos y dónde tenemos que obtener la información que necesitamos, en el lugar donde ocurren las cosas”. Por la manera que Tom explica esto uno sobreentiende que habla de los operativos militares que se desarrollan todos los días en Afghanistán e Iraq.

Hoy forma parte del dispositivo de un dispositivo de seguridad de Times Square donde va a escoltar a la bandera patriótica en un paseo solemne al que él se refiere como una celebración. Pero diez años atrás estaba en su casa cuando el atentado ocurrió. Tomó un taxi y llegó a la ciudad como pudo, “todo estaba bloqueado” cuenta. “Pero era allí donde tenia que estar”, afirma con rotundidad. Pasó dos meses trabajando en la zona cero: “Fue, sin duda, lo más difícil que he hecho en mi carrera. Era un cansancio físico y mental constante”. Cuando le pregunto por uno de los grandes actores del atentado, Bin Laden, no duda, se sintió aliviado cuando lo capturaron en mayo. “Thank god somebody did it!”, gracias a dios alguien consiguió atraparlo, exclama. Pero el gozo de Tom va más allá. Para él, como para otros estadounidenses, esa captura se convirtió en algo que celebrar: “cuando escuché que Bin Laden había sido capturado, por primera vez en 30 años tuve ganas de tomarme un trago”.

Hoy Nueva York estaba inundado de banderas. Quizá la omnipresencia del patriotismo diez años después del ataque, sea una manera de recordar a esta sociedad que aunque uno de sus mayores símbolos se derrumbe, el estar unidos es lo que les hace más fuertes.

Deslumbrados

En esta región del planeta es normal asistir a la convivencia de dos idiomas y dos culturas: la mexicana y la estadounidense. Cruzar, pasar la línea significa algo más que cambiar de país. Entrar a un nuevo mundo, a una tierra a la que muchos intentan llegar. Inmigrar les proporciona a quienes lo consiguen ciertos estándares de vida que no aciertan a conseguir en su país.  Hay quien lo tiene muy claro: “Aquí, a diferencia de México, somos pobres pero vivimos como ricos. Podemos tener un carro, comprar lo que necesitemos.”. Ella lleva más de una década aquí y consigue mantener a su familia con varios trabajos que combina como puede. Sus ojeras delatan su cansancio. Entre risas, me confiesa que antes  de tener un vehículo utilizaba el transporte público, se servía del tiempo que le tomaba llegar al trabajo para echar una cabezada.  Pero no olvida sus raíces y, por eso, le gusta tener su México lindo cerca.

Sin embargo, en ocasiones ocurre que las raíces no están tan afincadas. Y cuando los diferentes orígenes se mezclan, a veces, se puede percibir un rechazo hacia uno de ellos. No es raro encontrar familias con miembros de los diferentes países cuyos hijos no entienden el español. Aunque por ellos corra sangre mexicana, para ellos el español es un idioma ajeno.

Con los nuevos estándares de vida y la nueva cultura, algunos parecen olvidar la propia. Sustituyen aquella con la que se criaron por una que parece brillar más. El rojo, blanco y azul les deslumbra y ciega.