F

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Alguien que me conoce me dijo una vez sobre F: “Por lo que cuentas, a mí me parece que es más que una profesora de francés”. Y tiene razón.

Conocí a F gracias a la recomendación de otro extranjero necesitado de lecciones de gramática francesa. Todavía recuerdo la primera vez que entré en su impecable apartamento. El pavor al pisar esa impoluta moqueta blanca y el contraste que sentí al conocer un hogar parisino de verdad. En esa época vivía en una buhardilla/vestidor y aquella casa era una apertura a un mundo inmobiliario de la capital desconocido para mí. A pesar de que ahora vivo en un apartamento de tamaño razonable, la casa de F todavía me impone.

El primer día, su forma de vestir me llamó la atención. Motivada por mis prejuicios, pensé que era una de esas personas a las que le gustaba quitarse años cuando elegía su ropa por la mañana. Esa percepción ha cambiado.

Muchos días, quizás la mayoría, F va bastante mejor vestida que yo. Y es capaz de andar en finísimos tacones de aguja con la misma soltura que yo en zapatillas. Le gustan las joyas, pero siempre con la justa moderación. Ella, que me enseñó el concepto de “bling bling”, jamás pecaría de excesos dorados.

De lejos, F puede parecer el modelo de exposición de una muñeca. Tiene una cintura finísima. Estoy segura de que cuando fabrican la talla XXS toman como patrón sus medias proporcionadas. Eso explicaría también porque la ropa le queda como un guante siempre. Da igual la temporada del año o su estado de ánimo, si te cruzas con F por la calle siempre pensarás: “¡Qué clase!”. Ya me ha pasado un par de veces.

Mi cita semanal con ella es garantía de aprendizaje. Antes las lecciones giraban entorno al passé composé, ahora, en cambio, los verbos irregulares han sido sustituidos poco a poco por los últimos estrenos de la cartelera, el último escándalo político en Francia, esa magnífica exposición que no me puedo perder, un restaurante que tengo que probar o la última aventura de la vecina del quinto. Siempre es garantía de entretenimiento y de una o dos expresiones de “bon français”, como dice ella.

Es también una de mis voces de la experiencia en París. Hay veces en las que su salón acaba convirtiéndose en consultorio y su silla alargada de cuero rojo en diván. Esos 90 minutos semanales  se nos quedan cortos y cuando suena el timbre porque llega un nuevo estudiante, siempre sentimos que de alguna extraña manera el tiempo se nos ha echado encima.

Tomo nota de cuándo nos volveremos a ver con la esperanza de que, al menos la próxima vez, hagamos un dictado. Cuando llega la siguiente clase siempre tengo ganas de conocer las novedades que comentaremos. Si la vida política francesa se agita, que últimamente pasa a menudo, no hay duda de lo que F tendrá ganas de hablar.

(Nótese que esta fotografía ha sido elegida por el parecido físico de Marisa Paredes y no por el hilo argumental de Tacones Lejanos)

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